no hay más mañana que el hoy
no hay más tierra que el centro de la tierra
no hay más solución que la solución
pero recuerda que las melodías no tienen sentido si no llegan al punto culminante el aura, que la vida no es la vida si no existe el suave rocío, la suavidad de los objetos y el silencio calmo de la tarde, que las voces que escuchás en tu cabeza no sos más que vos mismo repitiendo lo mismo, otra vez lo mismo, como un rosal que repite sus rosas y repite sus pétalos y repite sus espinas, una y otra vez, una y otra vez hasta el hartazgo y solamente vos podes acallar tus inquietudes o retroalimentarlas: fagocitosis constante de obsesiones calladas que vuelven y gritan y aturden y mojan tu cara con fría agua, despertándote, diciéndote, gritándote, exclamando: acá estoy y vengo a atormentarte, vengo a buscarte para beber de tu ingenio todo aquello que guardes de un reflejo visto por tus propios ojos en un cristal, pero no te diste cuenta que la imagen que viste estaba distorsionada por la sombra que el rimmel le provocaba a tus pupilas cansadas de tanto querer ver y ver tan poco por las pocas ganas de aceptar lo que se ve. Entonces cerraste los ojos y abriste las manos y te diste cuenta que el olor de la tierra después de una tormenta otoñal no es tan feo como sí es ver el barro propiamente dicho, o comer el barro, o lamer el barro, y que aquel hermoso rostro si no abro los ojos pasa a ser una caja vacía, una caja vacía donde resuena la nada y oís y no dice nada, no dice nada que te interese oír y entonces preferís el barro, el aleteo de una mariposa o el calor en tu piel de un día de sol. Si estás ciego es porque querés. Las canciones hermosas no son para quienes no recuerdan con quiénes las escucharon por primera vez, la música es para gente con alma sensible, al igual que una foto, una sombra o el mar. Y el colibrí se fue volando, pero yo sé que va a volver. Porque en mi vida todo es permanente.