
Son como bloques que entran en mi piel, me tocan, hacen fuerza: me atraviesan. Cada nota musical. Son también espasmos que recorren mi columna. El mundo es ahora bidimensional. Un plano, y encima, otro. Las cruces atraviesan el espacio. Yo me sumerjo en la tierra movediza. Yo nado y entiendo todo. Yo entiendo todo, sin pensar en nada. Esa música ya existe y yo la reinterpreto, yo la traspaso, la ingiero, la siento,
la bebo.
Yo soy esa música. Yo soy el mensaje. Mi cuerpo baila solo, sin pedirme permiso: pero esa danza no es una danza sino la contracción de mi rodilla, de mi dedo meñique, de la punta de mi nariz, simultáneamente, a la vez que un acorde disonante invade mis pulmones. Síncopa. Todo mi cuerpo se estremece. Toda mi saliva es musical.
Ese piano está interpretando mis cosquillas.